domingo, 1 de diciembre de 2013

Si me tocaras el corazón, Isabel Allende.

En la memoria fotográfica de Hattori, la escena es como un cuadro antiguo, uno de esos cuadros que abundan en la casa de sus abuelos.

Un lienzo, en el cual Kazuha está a su lado, recostada sobre la cama, con las piernas recogidas, un chal de seda sobre un hombro, las mejillas sonrojadas, los labios hinchados y la piel aún húmeda por el amor.

Él tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y otra sobre el muslo de ella, en íntima complicidad. Es una visión recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma languidez de la mujer, los mismos pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos castaños caen con igual delicadeza.

Cada vez que él piensa en ella, así se ven, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria.

Puede recrearse largamente esa escena, hasta sentir que entra en el espacio del cuadro y ya no es él quien observa, sino el hombre que yace junto a la

Entonces, se rompe el silencio, la simétrica quietud de la pintura y escucha sus propias voces muy

- Cuéntame un cuento – le dice él

- ¿Cómo lo quieres?

- Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.

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